EL SOLDADO
DE LAS
BOTAS FEAS
(Novela)
Mario
Bahamón
Dussán
Primera edición: Bogotá, D. C., febrero de 2010
ISBN: 978-958-44-6397-5
© 2010 Mario Bahamón Dussán
mariobahamon@att.net
www.mariobahamon.com
Carátula: Juan Bahamón
A Gilmita
“Porque si uno trae un fusil en las manos y las
cartucheras llenas de tiros, seguramente que es
para ‘peliar’. ¿Contra quién? ¿A favor de quién?
¡Eso nunca le ha importado a nadie!”
Mariano Azuela. “Los de Abajo.”
“El sacrificio de los soldados está lleno de gloria,
pero la guerra en sí misma nunca es gloriosa y
no debemos tratarla como si lo fuera"
Barak Obama
Al recibir el Premio Nóbel de la Paz.
¿Quiénes?
Amanda, esposa de Ramón Gil.
Andrew Marshall, reportero de IABS.
Carlos Lombadía, el Calvo, general lombiano.
Constantino Bayer-Litz, profesor universitario.
El Comodoro, capitán del buque.
El director de la guerra.
Johnny Gordon, presidente de IABS.
Larbadús, científico lombiano.
Linda, secretaria de Johnny.
Los lombianos, soldados de Cafélombia.
Los zolanos, soldados de Petrozuela.
Petronio Zuluena, el Zurdo, general zolano.
Ramón Gil, soldado lombiano.
Renato, soldado lombiano, amigo de Ramón Gil.
Sabuelyú, cacique de la tribu indígena.
Yocalín, india, esposa de Ariney.
Zudabram, científico zolano.
PRIMERA PARTE
1
La idea
El pelirrojo Andrew Marshall, reportero de IABS, por fin había obtenido una entrevista con Mister Gordon, presidente de la cadena de noticias, con sede en Nueva York y en camino a la bancarrota.
No obstante la perversa idea que iba a proponerle, con la cual perderían la vida miles de seres humanos, se deleitaba mirando a la hermosa secretaria de ojos verdes y cabello rubio.
Cuando ella escucha el sonido del televisor, que él siempre enciende al ingresar a su despacho, se dirige a recibirlo con un beso de buenos días, así hubieran dormido juntos la noche anterior.
Andrew Marshall puede entonces comprobar que sí es muy guapa. La persigue con sus ojos hasta verla cruzar la puerta.
Minutos después recibe la autorización para ingresar.
-Veamos cuál es la maravillosa idea, que nos devolverá el pan arrebatado por la competencia -dice mister Gordon.
-Jefe, desatemos una guerra.
–¡Una guerra más! ¡Una guerra más de las que ya tenemos! ¡Qué estupidez! –exclama–. En este momento hay guerras para todos los gustos. ¿Eso era lo que venía a proponer? –cuestiona, haciendo oscilar su cara regordeta, en gesto de frustración.
–Sí, jefe, otra guerra más, pero diferente –explica. Y con esta mágica palabra, el pelirrojo despierta su interés.
El señor Gordon, a quien apodaban “Cachetes”, toma asiento y se echa para atrás en su confortable sillón de cuero negro y alto espaldar. Agudiza la mirada, frunce el ceño y comenta:
–No entiendo. ¿Una guerra diferente en qué?
–Una guerra, señor, que pueda ser cubierta por nuestras cámaras y puedan disfrutarla millones de personas. ¡IABS ganaría mucho dinero!
–¡Aja! –exclamó–. Ya comienzo a entender. Hacer una guerra espectáculo. Es la idea más loca, escuchada en mi vida, pero comienza a gustarme –agrega, haciendo en sus labios una leve sonrisa.
–Sí, jefe. La guerra es la actividad que más fanáticos tiene. Al ser humano le gusta el morbo, característico de la guerra. Desatemos una guerra que entusiasme a los televidentes del mundo entero.
–¿Y los costos, los muertos, las armas, los jefes y los ideales? -cuestiona Johnny Gordon, luego de escucharlo con atención.
–El dinero no es determinante. Con las ganancias cubriremos los gastos, incluyendo las indemnizaciones de todos los daños. Los jefes son creados por las circunstancias, y los ideales se fabrican como cualquier producto comercial –expone sobándose las manos con entusiasmo.
–¡Y los muertos! –aduce el presidente.
–Desde luego, señor Gordon. ¿Qué guerra no deja muertos?
–Sí, ¿pero quién los va a poner? –demanda, extrañado, mientras hace sonar el lápiz contra el mármol del escritorio.
–Los contendores –responde Andrew y prosigue–: Lo único que debemos hacer es desatar la guerra y cubrirla con nuestras cámaras para que el planeta la disfrute al instante por cable o Internet.
–¿Y quién debe ganarla?
–Eso tampoco importa, señor Gordon, con tal de que la guerra mantenga el interés. ¡Ojalá no acabara nunca!
–¿Y cómo vamos a desatar esa guerra?
–Hay muchas ambiciones económicas, disputas fronterizas no resueltas, odios dormidos –explica Andrew–. Bastaría revivirlos y la guerra prenderá como fuego en un pajar.
El presidente salta de la silla. Hace una pelota con la hoja de papel que estaba leyendo, y dándole una patada la arroja hasta el rincón de su oficina, con tal puntería que la mete a la cesta de basura y exclama:
–¡Fantástico! ¡Fantástico! -y la emoción sacude sus cachetes, sus brazos y su panza.
Atraída por los gritos ingresa a la oficina la atónita secretaria.
Al verla se arroja sobre ella diciendo:
–¡Es un genio absoluto! Instálelo en mi oficina privada y déle todo lo que le pida.
Linda los mira asombrada. Andrew posa sus lúbricos ojos en los espléndidos senos. Ella se cubre el pecho con la libreta de anotaciones, en actitud defensiva. Luego, al caminar hacia la puerta no escapará a la hambrienta mirada que lame su cuerpo.
–Es preciosa, ¿verdad? –pregunta Johnny Gordon.
–Sí, muy bella –acepta Andrew mientras piensa: “Mucha carne para tan pocos dientes”, por la diferencia de edades existente entre la hermosa secretaria de ojos verdes y el gordo jefe de cachetes flácidos.
Luego de una pausa, para observar las noticias de la mañana y tomarse un café, analizaron los posibles contendores:
–Inglaterra podría combatir contra España –propuso el señor Gordon y añadió–: Esa guerra sería interesante. Los ingleses ven la guerra como una actividad noble y la hacen bastante bien. Y hasta serviría para terminar las disputas sobre el peñón de Gibraltar.
–España no está en condiciones de guerrear con nadie –expuso Andrew y agregó–: Después de la guerra civil, el valor sólo brilla en la fiesta brava y no creo que el Rey acepte organizar un ejército con sus toreros.
–¿Qué tal Inglaterra contra otro país –sugirió Johnny.
–Inglaterra no –comentó Andrew–, en el momento en que inicie a perderla entrarían en su ayuda los Estados Unidos y correría sangre americana y esto no es conveniente. Ni siquiera la de un simple asesor o contratista.
–Alemania podría combatir contra Rusia –sugirió Johnny, frente a un mapamundi, desplegado en la pared de la oficina.
–Sería peligroso –adujo Andrew y explicó–: Hay mucho rencor añejo, guardado en la memoria y en el corazón de los berlineses, que no olvidan la ley de ocupación del mariscal Zhukov, quien permitió a los soldados rusos violar mujeres alemanas.
–¿Italia contra Francia? –insinuó Johnny pasando su lengua por el paladar.
–No sería interesante. A los italianos, después de la Segunda Guerra Mundial, sólo les importa el fútbol y los autos de carreras. Y los franceses ahora sólo ven la guerra como la oportunidad para vender sus armas. Además, no podríamos controlarla; los muertos serían muy costosos y las indemnizaciones habrían de pagarse en euros. La guerra se extendería a toda Europa, amenazando la paz mundial.
–¿Qué tal dos naciones de África? –propuso Johnny.
–¡De África, no! –exclamó Andrew–. Muy pocas personas se interesarían, salvo los comerciantes de armas.
–¿Entre India y China? –propuso Johnny, alzando las cejas.
–¡Tampoco, jefe! Con tantos millones de habitantes, los muertos causarían una tragedia mundial.
–¿Qué tal Japón contra…? –No alcanzó a mencionar el posible contendor, cuando Andrew lo interrumpió diciendo:
–Los japoneses ya ganaron la guerra con sus buenos autos y juegos electrónicos.
–Entonces, ¿dónde están los contendores? –exigió mister Gordon, ya un poco molesto.
–¡En Sur América!, jefe –exclamó Andrew golpeando al mapamundi con la palma de la mano, para acentuar la afirmación, y continuó–: La sangre latina se exalta con facilidad, por un partido de fútbol, una porción de tierra en las profundidades de la selva amazónica o por la existencia de petróleo, bajo sus fronteras. Además, los hispanos son folklóricos, lo cual trasladado al campo de batalla daría a la guerra mucho de carnaval.
Y escogieron a Cafélombia y Petrozuela, como contrincantes, porque ambas naciones extraían petróleo cerca a sus fronteras, tenían viejas rencillas de confusos límites y por estar sobre el ecuador o muy cerca, facilitarían las comunicaciones satelitales.
Dos días después, International American Broadcasting System –IABS– publicaba la noticia que bajo las fronteras de Cafélombia y Petrozuela un satélite había descubierto una inmensa cantidad de petróleo, igual o superior a todas las reservas habidas en el planeta.
Como el precio del hidrocarburo había subido, por la excesiva demanda de los chinos, la noticia era buena para todos los consumidores del ancho mundo; y en especial para los gobiernos de estas dos repúblicas, de similares características: corruptos, despilfarradores, incompetentes, burocratizados, impopulares y deficitarios. Sin demora ambos gobernantes pensaron meterle mano al inmenso tesoro, que la Naturaleza ofrecía a sus codiciosos bolsillos.
De inmediato, importantes comisionados de ambos gobiernos tomaban contacto con el presidente de IABS, para obtener confirmación de la noticia, quien hacía rodeos y ocultaba la fuente para dar a entender que tenía base científica; sin dejar de felicitarlos por la nueva fortuna.
El silencio de las grandes compañías petroleras fue interpretado como una estrategia conjunta para lograr buenos acuerdos en la explotación del hidrocarburo.
Los habitantes de Cafélombia vivían ilusionados con el descubrimiento de grandes yacimientos, así tuvieran bastante carbón, gas natural y algo de petróleo. Petrozuela, sí tenía barriles por millones, razón de su nombre; pero las reservas no eran infinitas, y sus habitantes lo sabían.
–Ese petróleo nos pertenece, pues los yacimientos están en nuestro territorio –decían en Petrozuela.
–Eso no es verdad, ustedes no poseen ni la mínima parte –replicaban en Cafélombia.
Y en vez de elaborar mutuos acuerdos para efectuar la explotación conjuntamente, que hubiera sido lógico, o al menos para esclarecer la falsedad de la noticia, sólo hablaban de defender la inmensa riqueza.
Y lo hicieron con tanta pasión, dándole más fuerza a la noticia, que el planeta entero olvidó la carencia de una base científica y volcó el interés a lo que sucedía entre las dos naciones que amenazaban con irse a la guerra, y en vez de estudiar el porvenir energético, hacían cálculos y análisis sobre cuál de las dos tenía más potencial militar; exaltando el patriotismo y el nacionalismo, ingredientes necesarios para activar el espíritu militar y lanzarlo, a la menor provocación, a destruirse los unos contra los otros.
Viejas canciones de contiendas famosas, de la tradición militar de otras naciones, eran tarareadas por las calles y dentro de los cuarteles. “Adelita” estaba en boca de todos y cada quien la silbaba a su manera. “Lilí Marlén”, “Cara al sol”, “Dixie land”, “Mambrú se fue a la guerra”, “Soy soldado de levita” y otras tantas buenas canciones militares fueron desempolvadas como los fusiles y las bayonetas. Viejos soldados, ya en reserva, descolgaron los uniformes, limpiaron las insignias y afilaron los sables. La patria estaba en peligro, bullía la sangre por las venas y debían ir a combatir.
El presidente de Cafélombia, elegido por una minoría y a quien el conflicto servía para distraer la atención pública y afianzarse en el poder, no obstante que no había prestado el servicio militar y no distinguía entre un almirante y el botones de un hotel, hizo confeccionar un vistoso uniforme y apareció en la televisión para exponer que el país se hallaba amenazado y necesitaba ir a la guerra.
Al mismo tiempo, en Petrozuela el primer mandatario posaba ante a las cámaras, luciendo en el pecho una estrella brillante, retirada de la bandera nacional minutos antes de su alocución, aconsejado por la asesora de imagen. Al fondo estaba un militar de varonil talante y seria actitud como si estuviera padeciendo un cólico. Miraba al frente y sin parpadear, con las mandíbulas apretadas, la barbilla recogida y el pecho erguido, para mostrar sin equívocos la decisión de rechazar con las armas cualquier pretensión sobre la enorme cantidad de hidrocarburo.
Mordido el cebo, la guerra había empezado.
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